Francisco Rodríguez Hortelano

Francisco Rodriguez Hortelano, nacido en Cieza el 7 de abril de 1960

Avda. Ramon y Cajal, 49-1ºC.

30530 – Cieza – Murcia

606016088

frodriguez@cieza.net .

Pintor autodidacta de corte realista. Mi obra se basa principalmente en la recreación del paisaje urbano (principalmente). El acrilico, la acuarela, plumilla y dibujos a lapices de colores, en pequeño y mediano formato, son las técnicas escogidas para plasmar la sutiliza del paisaje que nos rodea.

 

Fotos: Luis Urbina

Manuel Parra (Jacobo)

En el páramo, duro y cruel, de los pueblos, por compañía la incomprensión, cuando no la burla, unos hombres sencillos, escriben o pintan lo que aman, otros hombres, más universales o más rebeldes, pintan o escriben lo que odian, lo que temen, lo que quisieran destruir o cambiar. Los unos, miran lo que les rodea; los otros, para ver “lo de afuera”, tienen que mirar en ellos mismos.

JACOBO, lleva años y años parado ante el paisaje de Cieza, intentando, con el matiz rico del óleo, poner cuanto ven sus ojos en líneas y colores, ritmos, dibujos y composiciones. Quien, cazador furtivo, carcelero de peñascos y riscos, pescador de cielos móviles y viajeros, “ poner”, en el lienzo o la cartulina, las cosas que ama. El río, la huerta, el cauce, el castillo, para decir: “ mira, esto es el Muro, aquello la Presa, esto otro la casa de…”

Para el cronista, que durante toda su vida se ha peleado a mordiscos con la realidad, para buscar, sin conseguirlo, que se parezca a su deseo, aún habiendo renunciado, hace tiempo a la tarea de predicador, siempre he pensado decirle a Jacobo: “Quiero que, un cuadro tuyo, se parezca a un cuadro”.

Si los hombres felices no tienen historia, acaso el “Arte Feliz”, no haya tenido justos y objetivos cronistas, siendo maltratado en el tiempo, por los histriones de la pedantería.

JACOBO, hace un Arte Feliz, y lo expone, una vez más, con la pureza ingenua de quien emplea en su trabajo materiales del corazón, ignorando, acaso, que el gran drama del hombre de nuestros días, es no tener conciencia del propio drama.

Demos y exijamos respeto para esta manera de mirar el mundo, a través de la pintura.

F. MARTÍN INIESTA

 

Fotos: Luis Urbina

Antonio Martínez Morales

La rotundidad en el paisaje

Solamente se puede escribir de la obra pictórica de un hombre que no se dedica en cuerpo y alma a la pintura –como el arte exige- por dos razones. Una, porque la obra te guste y otra, porque quien ha realizado la obra sea muy amigo. En el caso de Antonio Martínez Morales se dan la dos circunstancias. Conozco tanto a Anonio M. Morales que lo conozco desde antes de ser yo, casi adolescente, incipiente principiante en este asunto de la pintura y el arte. Fue él la primera persona a la que vi en mi vida pintar un cuadro y, sinceramente, creo que esto obliga mucho.

De lo relatado han pasado algo más de cuartenta años. Desde entonces, hay una reciprocidad en nuestra larga amistad de temperaturas altas y bajas, de auténticos favores y algunos desencuentros, de buenas y malas palabras, de darnos abrazos y enseñarnos los colmillos. Es decir, de una auténtica y sólida amistad. Cuando no es así, toda amistad es dudosa.

Conozco tan bien como el autor, su obra, y claro está, eso me autoriza –creo yo- a decir de ella que es la obra de un hombre que cree firmememente en la pintura. Conoce mejor que muchos, que no han hecho otra cosa más que pintar, los secretos y los timbres del paisaje, cosa complicada para quien no sabe mirar las formas, los volúmenes y la luz (éste no es su caso), porque pocos saben ver el paisaje como él. Desnudarlo, transformarlo, situarlo en el corrector camino sin retorno que es la educación de la mirada.

La obra de Antonio Martínez Morales está llena de registros, de sonidos, de una bien timbrada voz, de los que saben convertir en música el color y, lo que es más difícil, sabe oír y entender los complicados mensajes que envía las formas de la naturaleza.

Antonio Martínez Morales dispara el paisaje, certeramente, como a un ciervo o a un faisán, pero con la munición de la luz, del color, de las formas, de la emoción. Es decir, de La POESÍA. La vibración de su pincel al rozar el lienzo deja esa acertada policromía de color que es el misterio, la magia de la luz sobre las formas, algo así como el temblor de las alas de la mariposa sobre el aire que él pinta, mezclando luz y color con emoción y pasión.

Debajo de su aspecto, a veces de hombre distante y frontal, hay un espíritu de jilguero, de artista dialogando con eso tan difícil que se llama PAISAJE, es decir, con la vida.

José Lucas

Fotos: Luis Urbina