Sanchez Bautista campus

Francisco Sánchez Bautista

Por José Antonio Postigo Pascual

Quizás alguien, en estos días, me haya oído decir: Sánchez Bautista nos ha dejado huérfanos …, con su muerte, me ha dejado huérfano.

Eso fue lo que sentí, como culmen de lo sucedido, cuando vi que la caja de madera se perdía por una puerta trágica detrás del Altar de la capilla donde lo habíamos velado por última vez … Se nos iba para no volver a vernos o encontrarnos …, con esos ojillos pícaros y escudriñadores de la verdad, a fuer de ser de un verde transparente, y serio; con esa lucidez y memoria que te ataban a su palabra; con esa espontaneidad con la que sacaba de una carpetita unos folios con sus últimas creaciones poéticas; con su atuendo perfectamente conjuntado, como si supiese aquello de que la vestimenta es uno de los modos del LENGUAJE. En fin –nunca mejor traída la muletilla–, que no volveré a ver a mi gran amigo que, de la historia recibió el nombre de Francisco, y de la tradición murciana y española los de Sánchez y Bautista. Pero …

Afortunadamente (gracias a Dios dicen otros, pues dicho queda), su mismo ser de inmenso escritor me ha dejado pie para, con sus mismas palabras, componer un recuerdo adecuado y veraz de su modo de ser y estar …, en lo hondo. Veamos.

Él escribió un precioso poema cuando se sintió huérfano por la temprana desaparición de uno de los miembros íntimos de su familia, un hermano …, “infante núbil”. Tal fue su sensación de dolor que, cuando ya había pasado un lustro, le dedicó, como recuerdo inevitable, este poema, este soneto que reproduzco completo, y algo comentaré con su propósito sobre nosotros. Lo encontrarás, querido lector, junto con los otros cuatro que creó para el momento, en Voz y Latido. Elegías, pág. 52 // Poesías Completas, pág. 75

V ANIVERSARIO

(En la muerte de mi hermano)

¡Ponlo, otra vez, Señor, en pie sobre                                           

su tierra y firme, y sonriente, y plácido!                                                                                                        J. R. J.

 

                                     Mi corazón de eterno acostumbrado

                                  al agobio más crudo y más sombrío,

                                  largamente me llora como un río

                                 desbordado de muerte y arrastrado.

                                     Tal su muerte imprevista me ha dejado

                                  que no acierto a calmar el pecho mío

                                  con palabras de vida, ni confío

                                  que el tiempo me lo dé por bien curado.

 

                                     Robusto mozo de ababol y espiga,

                                  infante núbil, entrañable hermano,

                                  compañero en el gozo y la fatiga,

 

                                     si hubieses dependido de mi mano

                                  aún daría tu cuerpo sombra amiga

                                  al mío triste que te llama en vano.

Ya está. Reconozco que me he impuesto una tarea delicada …, pero voy a intentar andar un poquito del camino interpretativo pensando, en este momento, que lo que Francisco Sánchez Bautista creó y escribió y público (hizo público) puede volverse conta él (¡ qué cosas tiene la POESÍA, tienen los POEMAS y quienes los hacen !!).

Vamos a hacer que ese soneto que acabamos de leer, se vuelva contra él, como un espiritual y magno boomerang que hubiese viajado quasi errante durante décadas y décadas buscando … –y así seguirá–, pero que, de tiempo en tiempo, vuelve, no contra él, sino posando su propia sombra cazadora sobre él, su creador, grabándose negro sobre blanco en hojas de libros y en nuestras almas.

El poema, el soneto, la mano y el espíritu de POETA de nuestro amigo grande Sánchez Bautista, después de quejas adheridas siempre a la tragedia de una muerte imprevisible, concluye (reléase completo):

si hubieses dependido de mi mano

                                  aún daría tu cuerpo sombra amiga

                                  al mío triste que te llama en vano.

No debo, porque en este momento no quiero, alargarme en líneas y más líneas. Veamos cómo nos ha dejado Francisco Sánchez Bautista: ¡ nunca más volveré a sentir su sombra a mi lado …, ni él la mía !!

Una anécdota ampliará hasta el fin los límites de esa sombra ya no inexistente … Uno de mis hijos, y su hijo –mi nieto pequeño, David–, pasados unos pocos días de la defunción, me llevaron a tomar algo a unas mesas pegadicas al lateral de la iglesia de Santa Eulalia (la casa de nuestro amigo es lindera a esa hermosa fábrica dieciochesca), y, sin darme cuenta les comenté: ‘ya he perdido la esperanza de que pueda aparecer por esa esquina nuestro amigo Sánchez Bautista’.

‘Ya no nos dará su cuerpo sombra amiga al nuestro que le llama en vano’. Aunque nosotros, inconformistas, le pedimos al Señor, como el mismo Sánchez Bautista hace, que “nos lo ponga en pie sobre su tierra y firme, y sonriente, y plácido”.