niña

Simpatía

 Por  José Antonio Postigo Pascual

Hay un vocablo griego que utilizamos en distintas formaciones verbales nuestras. Se trata de la palabra o raíz ‘– pátheia’.

   Su significado no está cerrado, porque ellos, los mismos griegos, lo deslizaban por lo que veían que era un agitado mundo de sensaciones, de sentimientos en los encuentros de los individuos, los unos frente a los otros, o al lado de los otros. De ese vocablo que indica algo, en apariencia, tan poco tangible, nos han nacido, por ejemplo: “simpatía” o “antipatía”, y “empatía” o “apatía”.Para los dos primeros, se trataría de esa sensación inexplicable a simple vista, de que algo te une con la persona que por primera vez tienes enfrente, para que pueda crearse, digamos, una mutua relación de buena comunicación y bienestar, o, sencillamente, lo contrario, que os rechazáis sin saber bien el porqué.

En fin, que el otro día, 27 de Diciembre, se me vino encima una experiencia que resultó llamativa, ahora yo le diría estimulante … ¿La contabilizamos como alerta, como toque de atención del efecto “simpatía”?

Los hechos fueron estos.

Entraba yo de mañana en las oficinas de mi Banco, franqueando con fuerza una enorme puerta de cristal y, al pie del marco, también de brillo metálico duro, vi a una niña, de unos 3 años, que “quería” ayudarnos a abrir y cerrar el mastodóntico acceso. Lo más amablemente que supe le dije que tuviese cuidado, que podía pillarse los dedos. Ella me miró con unos vivaces ojillos negros, en una carita preciosa, y le pregunté que quiénes eran sus padres. Sin decir palabra, me señaló a una pareja que, sentada en unos bancos ad hoc en el patio de operaciones, ojeaba, u hojeaba, unos papeles, muy preocupada en apariencia. Sin más, fui a buscar la cola de uno de los cajeros automáticos internos, y, de camino, me di cuenta de que la criaturita estaba aún a mi lado.

Guardé un turno, y allí seguía ella, jugando con un pequeño artilugio infantil, que intentaba meterlo por una ranura para monedas de una máquina que expendía bolitas que, sin duda, le atraían. Yo le dije que tuviera cuidado, que podía estropear la máquina, y ella, con toda naturalidad, se retiró …, pero siguió a mi lado, procurando entretenerse ahora con otros elementos decorativos que teníamos delante, eso sí, siempre mirándome expectante …, me pareció ya por entonces.

Pues bien, contando con que veía que mi tiempo para acceder al cajero iba a pasar muy despacio, recurrí a un truco con la niña, que tengo experimentado que a los pequeños les sorprende. Consiste en hacer subir y bajar el parasol postizo que llevo acoplado a mis gafas naturales; por lo visto, doy la sensación de que tengo unos oscuros ojos que cambian de lugar … Y, efectivamente, la niñita quedó también sorprendida de mi juego de ojos …, mas, ¡ oh maravilla !!, veo que con su manita me indica que me agache hasta su altura. Lo hago, y con todo cuidado (otros niños pueden dar un manotazo a mis suplementos), ella me los baja de donde estaban, en la frente, y los coloca delante de los cristales de las gafas. Me levanto. Se queda mirando con una mirada de hermosa sorpresa, de espinosiano pasmo …, y vuelve a pedirme que me agache. Lo hago, y, delicadamente, sube los suplementos y, enseguida, vuelve a bajarlos … Yo le digo que, al tocarlos, los cristales pueden mancharse … ¡ ¿Cómo se me ocurrió decirle eso, por favor? !! …, pues, rápida, como quien tiene toda la razón de su mundo, me enseña la manecita abierta diciéndome que está limpia … Y ya es mi turno para el cajero.

Me acerco. Cuelgo la bolsa de mano en un gancho allí preparado, y, como puedo, a mi ya enorme cantidad de años, intento zambullirme en la tediosa y hasta “peligrosa” operación de seguir los pasos (a veces endiablados) cibernético-digitales que el Banco ha dispuesto para que yo “disponga” de mis dineros … Algo de agobio debió de percibir la niña en mi cara que, cuando quise darme cuenta, ya custodiaba mi bolsa en sus manos, quietita a mi lado … Al fin supe (a trancas y barrancas cibernético-digitales) terminar, y la máquina me sirvió mis malditos euros.

Me serené, y al emprender el viaje de vuelta hacia la salida, vi que la niña me devolvía la bolsa y, sin hesitar un segundo, siguió mi caminar. Antes de abrir la puerta, le di las gracias y volví a advertirle de que tuviese cuidado no fuera a pillarse las manos … Y nos dijimos adiós.

Se ve que ella me vio torcer la esquina para andar la acera que está flanqueada por enormes y adornadas lunas del Banco …, ¡ y ahora sí que sucedió la maravilla de las maravillas !!

Camino yo un par de metros y, sin saber por qué, vuelvo la vista a la pared de cristal, y allí, detrás de una de las gruesas lunas y entre las garras felinas de un enorme pero inocentón león, estaba la niñita …, mirándome …, con todo su rostro yo diría que translúcido de “simpatía” …, a la vez que movía la mano dándome su adiós.

Con sosiego, intenté corresponderla, claro.

¿Puede extrañar a alguien si digo que quedé derrotado …, y que así me moví y viví el resto de la mañana y sus quehaceres? … ¡ ¿Qué había pasado? !!