Archivos diarios: 10 mayo, 2018

Entrevista a Gonzalo Navajas, autor de “Literatura y nación en el siglo XXI (Ensayos teóricos y prácticos)”

Literatura y nación en el siglo XXI (Ensayos teóricos y prácticos) es el nuevo libro de Gonzalo Navajas, catedrático de literatura moderna y cine en la Universidad de California en Irvine. Se trata de una reunión de ensayos que trata cuestiones como la nueva temporalidad histórica, la reformulación de la nación dentro de los parámetros de la era global, la emergencia de los nuevos parámetros hermenéuticos o la reestructuración del canon estético después de la revolución de la comunicación digital. Igualmente, aborda críticamente referentes claves de la literatura española moderna y actual, desde Benito Pérez Galdós, Ortega y Gasset y Eugeni d’Ors a Juan Benet, Javier Marías, Javier Cercas y Arturo Pérez Reverte. Son temas, algunos de ellos de absoluta actualidad, sobre los que hemos podido hablar extensamente en la siguiente entrevista:

En primer lugar, ¿cómo surgió la idea de realizar este libro?
Durante los últimos años he estado publicando una serie de artículos y ensayos en torno a la estética y la cultura contemporáneas tanto en el medio español como en el internacional. Esa ha sido una de las orientaciones de mi trabajo intelectual y académico desde hace largo tiempo. Además, y como consecuencia de la evolución de la situación política española y mundial que se ha ido escorando de manera bastante imprevisible hacia la reemergencia del discurso de la nación y la identidad nacional, mis escritos han ido recogiendo esa orientación. El libro es un intento de fusionar e interrelacionar ambas orientaciones. Además de incluir los ensayos nuevos, el libro es una oportunidad de reunir en un solo volumen otros trabajos que estaban diseminados en varios medios y contextos. De este modo, el lector tiene la oportunidad de leerlos de manera más asequible. Además, pienso que el libro les confiere a estos ensayos una dimensión renovada que no tenían cuando aparecieron por primera vez. El ensayo introductorio sitúa precisamente el propósito y la finalidad del libro.

LiteraturaEntre los temas que aborda su obra destaca el de la nación. ¿Por qué la idea de nación en concreto, de dónde viene su interés por este tema?Mi respuesta tiene que ser necesariamente algo contradictoria. Yo he tenido desde siempre una orientación encaminada a potenciar la dimensión internacional de las relaciones culturales. En realidad, una de las causas por las que decidí marchar del medio español, todavía en la infausta era franquista, fue para ampliar lo que me parecía un entorno limitador y sin futuro que me condenaba a un aislamiento inaceptable. He sido y sigo siendo un viajero empedernido por numerosos países y medios y no solo relacionados con el mundo académico. Preocuparse por la nación en España en los años sesenta era desde mi punto de vista hacerlo para superarla en su concepción existente en ese momento y reconstruirla precisamente por su inserción en un espacio externo, más dinámico y auténtico. La cultura española de esa época era un torpe simulacro del discurso cultural internacional. He publicado alguna obra de reflexión y de ficción al respecto en la que tanto el trauma como la expansión personal que suponen el exilio y la expatriación constituyen un foco clave del relato. No obstante, la situación respecto a la nación y los nacionalismos ha cambiado—y no necesariamente para bien—en los últimos tiempos y se exacerbado en los últimos años en particular. El fenómeno Donald Trump, y sus réplicas y cómplices en diversos lugares, es más un síntoma y un reflejo que una causa de ello. En el caso español, hemos conocido y todavía estamos experimentando el debate en torno a la nacionalidad, cómo definirla, qué la constituye, cuáles son las relaciones con el pasado de la comunidad nacional para definir el presente, cuáles son las relaciones entre los diferentes miembros de esa comunidad, etc. No podía quedarme en la pasividad frente a este hecho. No creo que estemos, como han argumentado algunos politólogos y comentaristas políticos, de nuevo en la antesala de los nacionalismos implacables de los años treinta, cuyos resultados conocemos y que obviamente creo que nadie quisiera reproducir. No obstante, creo que el tema de la nación vuelve a ocupar un espacio amplio del debate intelectual actual. Yo no soy un historiador profesional ni pretendo serlo. La aportación específica de mi libro espero que sea mostrar que los textos literarios tanto del pasado como del presente pueden incidir significativamente en el debate actual en torno a la nación, precisamente porque la literatura tiene la libertad y la fluidez de método y de investigación que la historia formal y profesional no tiene. La literatura puede hacer sus propuestas a veces por contraste y de manera connotativa más que por programas y análisis concretos y bien delimitados. La literatura es un saber y un método de conocimiento riguroso y fiable pero que sigue unas líneas propias y específicas. Creo que una de las funciones del profesor de literatura en la actualidad es mostrar cómo leer los textos literarios de la manera más productiva, y no solo como un pasatiempo más o menos irrelevante, que es a lo que nos ha habituado una parte de la trash culture, el vacuo lenguaje charlatán que tiende a predominar en los grandes medios de comunicación actuales.

Habla de una “reformulación de la nación dentro de los parámetros de la era global”, ¿en qué consiste dicha reformulación? ¿Cree que tiene futuro?
La nación es una de las vías de las referencias identitarias más poderosas y creo que va a seguir siéndolo por bastante tiempo porque el sujeto y la conciencia individual requieren puntos de referencia precisos dentro de una comunidad concreta visible y tangiblemente identificable. La Internet es sin duda vasta e ilimitada, pero también puede ser impersonal y emocionalmente confusa y desorientadora. La reformulación del concepto de nación emerge con fuerza especial a partir del momento en que los nuevos medios de comunicación global e instantánea han abierto las vías de comunicación por encima y más allá de las fronteras nacionales. Pienso que la dualidad nación/humanidad va a ser uno de los polos de discusión intelectual de la próxima década. Personalmente, siempre me inclinado por la opción internacional y por la mediación cultural para esa opción porque los referentes y los objetos culturales son de todos y se comparten más allá de los límites nacionales. Mozart se inserta dentro de la cultura referencial en alemán pero realmente sus obras pertenecen a todos por encima de ese origen nacional y lingüístico.

¿Cómo definiría la posmodernidad? ¿Es un concepto que va más allá de lo cultural?
La posmodernidad tiene sus orígenes en la arquitectura de finales de los años sesenta como reacción contra el pretendido universalismo de la monótona y previsible arquitectura funcional que imperó por razones económicas y sociales en la posguerra europea y americana (Mies van der Rohe y Le Corbusier son prototípicos). Es un movimiento en sus principios norteamericano (con Robert Venturi y Philip Johnson) que se extiende luego al resto del mundo. Desde la arquitectura, el salto al pensamiento filosófico y estético se produce con celeridad porque, después del trauma colectivo producido por la posguerra mundial, se requería una reflexión crítica en torno a las deficiencias y los errores manifiestos del universalismo ético y conceptual kantiano. El famoso tratado de Kant Sobre la paz perpetua augura una humanidad en paz y prosperidad para todos, pero en realidad oculta la imposición de unos principios centro-europeos sobre el resto del planeta como garantía de ese orden mundial. La gran cualidad del discurso posmoderno es que pone en cuestionamiento ese orden “moderno” porque percibe que en realidad algunas—no todas—de sus líneas constitutivas han desembocado en las grandes aberraciones del siglo veinte que todos conocemos y que van desde Guernica y Auschwitz al Gulag, etc. La posmodernidad carece de sistema porque su fundamento es precisamente el asistematismo, la desconfianza en los presupuestos universales, permanentes e inmutables para todos. Como método de pensamiento y de reflexión pienso que esa aportación sigue siendo significativa. Sus aplicaciones a la estética y las artes son extensas y profundas en cuanto que confirman conceptualmente la ruptura con la primacía clásica de las reglas del arte. Aristóteles y Kant siguen con nosotros, claro está, y los seguimos leyendo y enseñando en las universidades de todo el mundo, pero los presupuestos con lo que lo hacemos han cambiado, se han hecho más flexibles y críticos, los hemos des-ontologizados y los hemos incorporado a la indeterminación y el devenir actuales.

Y, ¿diría que es un paradigma todavía presente o, por el contrario, ya se ha superado?
Como método crítico e interpretativo sigue presente. Como condición intelectual que se adapta a la fluida y cambiante condición actual sigue también activo. Pero paradigma no implica lo mismo que sistema. El sistema incluye y absorbe, define e imprime carácter a todo lo que queda dentro de él. Es un branding inamovible. Por ello, la vehemente reacción en contra de él. Un paradigma es meramente un cuadro hermenéutico, un contexto dentro del cual se desarrollan caminos y modos diferenciales.

Son famosas las críticas de la posmodernidad por parte de muchos intelectuales que la identifican, a grandes rasgos, con una filosofía de poco rigor académico, con un relativismo moral absoluto… A su juicio, ¿qué hay de verdad y qué hay de caricatura en estas críticas?
Hay una versión vulgar de la posmodernidad, como hay una versión vulgar del marxismo, de la psicología psicoanalítica y de la metodología científica adulterada en las explicaciones pseudocientíficas del mundo. Una vertiente de los medios de la cultura contemporánea tiene la tendencia a simplificar y empobrecer conceptualmente las ideas y los movimientos culturales e intelectuales más profundos. Y es comprensible que sea así en cuanto que la cultura y sus componentes han dejado de ser en principio la prerrogativa de las clases privilegiadas, como ha ocurrido tradicionalmente en todas las sociedades de la historia en las que la cultura ocurría en los palacios, las cortes y los monasterios. Al mismo tiempo, frente a esa versión superficial de la posmodernidad, existe otra opción más rigurosa que la valora en sus logros como crítica de los excesos y la arrogancia del universalismo filosófico, moral y estético.

En el libro afirma que el concepto de la posmodernidad ha permitido la expansión del sistema cultural convencional, al admitir como valiosos dentro de él productos que antes eran excluidos. ¿El balance final de esta redefinición ha sido positivo para la cultura?
Como mantengo en mis trabajos en torno al tema, pienso que esta es una de las aportaciones mayores y más perdurables del hecho posmoderno. El paradigma posmoderno ha facilitado la expansión de lo que merece ser considerado como estético y como digno del examen crítico riguroso. Antes de él, era difícil incluir los textos de la cultura actual contemporánea en los programas de estudio porque se consideraba que solo la literatura “muerta,” y por tanto ya clausurada e inmutable, podía ser estudiada y considerada de manera fiable. Junto a esta expansión del repertorio estético hacia lo que fluye en la actualidad, el hecho posmoderno permitió la inclusión de formas del arte que no se consideraban como lo suficientemente dignas de ser incorporadas a la normativa convencional. Las formas del arte audiovisual, de los medios artísticos son algunos ejemplos. La literatura de los grupos minoritarios, de los marginados o discriminados por su origen étnico, nacional, lingüístico y de género sexual son otros ejemplos. Todo ello conlleva un magnífico incremento del repertorio artístico además de una ampliación de la base democrática del arte. Como contrapartida, puede argüirse que esta expansión puede verse acompañada de una banalización de lo valiosamente artístico, de lo que perdura, de lo que merece ser canonizable. Desde esta perspectiva, pienso que la función de la academia universitaria más rigurosa es enjuiciar y elucidar los productos del arte contemporáneo y ubicarlos dentro del archivo cultural común.

Hay una categoría, nos dice, que la posmodernidad subestima, como es la de nación, lo nacional… ¿A qué se debe?
El movimiento posmoderno implica una ruptura y fractura de normas y reglas seculares y entre ellas, la ortodoxia semi-sacra del proyecto moderno, que, por cierto, todavía mantiene algunos seguidores imperturbables. Lo posmoderno se concibe a sí mismo como revolucionario. No es una revolución decimonónica y romántica a partir de la destrucción violenta de los palacios del viejo orden metafísicamente inamovible. Es una revolución ad-hoc, porque las revoluciones decimonónicas que fascinaron a muchas figuras intelectuales de la primera mitad del pasado siglo se han devorado a sí mismas a partir de sus propios principios. Es una revolución sin programa y sin principios establecidos y universales, aplicables a todos por igual más allá de las circunstancias. La ruptura de las fronteras de la nación queda dentro de la dinámica de este movimiento. Siguen existiendo fronteras nacionales pero se han hecho, por los menos en algunas partes del mundo, más permeables y modificables. Ha permitido también que los agentes de identificación trasciendan lo local e inmediato y se trasladen a la red, la network society, que para muchos jóvenes en particular tiene más inmediatez y realidad sensorial y existencial que la constitución, el parlamento y el equipo ministerial de un país, que pueden percibirse como entidades remotas y frías.

¿Y cómo se explica que, sin embargo, haya reemergido con intensidad?
No es fácil para todo el mundo asumir sin reservas el nuevo espacio global y mundial. La nueva realidad puede provocar el Angst de la ausencia de raíces y de estar flotando en un magma en el que hablamos y conectamos con todo el mundo pero de una manera intangible y sin consistencia real. La reemergencia del impulso nacional es una respuesta impulsiva, emotiva, más que racional, pero extraordinariamente poderosa a la indefinición del modo posmoderno y del concepto de “nación débil” en el que nos hallamos en estos momentos. Trasladarse de la reemergencia de la nación al nacionalismo más o menos exaltado puede ser más fácil de lo previsible, como lo hemos estado comprobando recientemente tanto en Europa como en Estados Unidos, en particular. El hecho posmoderno se aleja de la razón sistemática y prima el campo de los procesos y experiencias afectivos, propio de un pensador como Spinoza, un judío heterodoxo sin más patria que su mente itinerante. Sabemos, no obstante, que el territorio de los afectos puede ser altamente prometedor pero también imprevisible.

También afirma que “la literatura no puede sostenerse solo en la acusación y la denuncia, pero debe aspirar a romper las convenciones y los hábitos que simplifican y adormecen la complejidad y las aporías del mundo”, ¿por qué debe tener esa función?
Yo pienso que la literatura es una forma de conocimiento tan legítima como otras formas del saber de las llamadas ciencias blandas como la psicología, la sociología, la filosofía, etc. Lo hace a partir de unos procedimientos y metodología propios, que no coinciden necesariamente con los de otras formas del saber. En sus mejores casos, los textos literarios más destacados nos abren el camino a horizontes no conocidos antes. Pienso, por ejemplo, en Marcel Proust. Sé que es un autor de lectura difícil, no accesible tal vez fácilmente a todo el mundo. Sé también que sus temas y su estilo literario moroso y alambicado no son demasiado compatibles con el lenguaje de la velocidad y la instantaneidad a que nos ha acostumbrado la cultura en pequeños contenidos mínimos de Twitter y otros vehículos similares. Además, los datos biográficos de Proust no lo convierten de inmediato en una superestrella mediática. Su vida fue aristocráticamente hermética, sin grandes hechos, incluso diría irremisiblemente aburrida. No obstante, cuando entramos en sus textos, nos adentramos en una conciencia excepcional que nos amplía nuestra capacidad de percepción de los hechos humanos. En la vida de Proust no ocurren muchas cosas externas espectaculares. No hay efectos especiales, ni ruido ni ostentación, ni aparato. No obstante, el privilegio de poder compartir la mirada observadora de Proust en uno de sus paseos reales o imaginarios por las playas de la ciudad figurada de Balbec, contemplando, extasiados con él, la belleza cósmica de la naturaleza y el mar y la juventud gozosa de las muchachas “en fleur” que lo ignoran es una experiencia transformativa en cuanto que me hace ver el mundo y las relaciones humanas de manera inusitada y más profunda. En otras palabras, la literatura incrementa y enriquece mi repertorio de humanidad con registros nuevos.

Usted se marchó de España en 1970, durante el franquismo. ¿Cuál ha sido la evolución del panorama intelectual español en los más de 40 años que han pasado desde entonces?
Cuatro décadas es un largo tiempo. Afortunadamente, en este tiempo el país ha evolucionado de manera muy considerable. No voy a juzgar los datos políticos y económicos que son conocidos y están bien analizados. Para mí, es especialmente significativa la transformación de la expectativa existencial del país. Cuando decidí probar fortuna fuera de España lo hice, como otros compañeros míos, porque estaba persuadido de que el país me impedía desarrollar mi potencial, grande o pequeño, pero el mío. España era una sociedad que te condenaba al fracaso si uno se negaba a aceptar las normas restrictivas que imponía para poder tener un cierto éxito. El liberalismo nacional, desde Larra en adelante, ha afirmado el destino inexorable de España, como si no hubiera redención para un país en el que, como se lamentaban Luis Cernuda y luego Jaime Gil de Biedma, la historia siempre termina mal. Pienso que los últimos años han abierto la posibilidad de que ser español y vivir en España no sea una empresa desoladora. Como en otros países, en última instancia, la responsabilidad de los logros personales es de uno mismo, individual y propia. Lo que había ocurrido en España es que los componentes condicionantes del país impedían desarrollar ese potencial. La progresiva desaparición—que espero se extienda y se desarrolle más—de ese horizonte fatalista pienso que tal vez sea la transformación para mi más notable desde un punto de vista cultural.

¿A su juicio, cuenta España con intelectuales potentes en la actualidad? ¿Cómo calificaría su situación en comparación con los países de nuestro entorno?
Obviamente, en comparación con el ambiente cultural de los años del franquismo, el lenguaje y la condición intelectual han experimentado cambios profundos. Lo que se dice, se enseña y se discute tiene una diversidad y autenticidad de la que carecía en el pasado. Desde mi perspectiva externa, me gustaría señalar que el discurso español debería procurar penetrar más en el medio internacional y para ello debería hacerse menos local y menos inmediato. Hacer propios los temas que motivan a la humanidad y tratar de hacer aportaciones a ellos a partir de las premisas generales comunes fuera del país.

Menciona en su libro un vínculo entre dos autores que nos ha llamado la atención: ¿qué hay de George Orwell en Arturo Pérez Reverte?
Llevo algún tiempo interesado en el concepto y la actuación del intelectual público y su función en los años de entreguerras en particular. Lo que me interesa de George Orwell es su negación a acomodarse a la facilidad de la aquiescencia ideológica. Su libro, Homenaje a Cataluña, es un ejemplo. Orwell llega a Barcelona en 1937 como voluntario a favor de la República pero sobre todo por su adhesión a la causa de la revolución popular. Se une al POUM, va al frente aragonés, es gravemente herido, y tiene que dormir en las calles de una Barcelona peligrosa y de alto riesgo para no ser asesinado por sus enemigos ideológicos. Sin abandonar sus principios, Orwell hace autocrítica, ve los límites de su proyecto revolucionario, los enjuicia, los expone, no se somete al Diktat de una militancia ciega. Sacrifica incluso su interés personal. Por su disidencia ideológica con relación a la impenetrable intelectualidad de la época, no encuentra editor para su libro y, cuando finalmente lo consigue, la edición es mínima y pasa desapercibida. Es esta independencia y determinación de análisis crítico lo que valoro especialmente en la figura del intelectual. Mi visión de Arturo Pérez-Reverte queda enmarcada dentro de estas premisas. Recojo estas ideas mucho más detalladamente en un libro de aparición próxima El intelectual público y las ideologías modernas. Le remito a él para profundizar en el tema.

Asimismo, explica que Unamuno se anticipó a las críticas de los posmodernos a los marcos absolutos del proyecto moderno. ¿Podría darnos algunos ejemplos ilustrativos de esta visión en sus obras?
Unamuno me ha interesado por largo tiempo tanto por lo que el contexto intelectual y cultural actual ya no comparte con él como por los aspectos de su pensamiento y de su trayectoria existencial que sintonizan con él en la actualidad. En cuanto al movimiento posmoderno, los puntos de contacto son notables. Entre los más destacados se halla la desconfianza crítica de Unamuno contra los modelos filosóficos omnicomprensivos de definir el mundo. Frente a esos modelos, Unamuno afirma la prevalencia de la conciencia y la experiencia personal para situarse en la realidad como devenir en lugar de pretender fijarla de una vez por todas y para siempre. Además, Unamuno eleva el poder existencial y experiencial de las figuras literarias como modelos de conducta individual. Una aventura de Don Quijote, un monólogo de Macbeth, un poema místico de San Juan de la Cruz son para él más determinantes que los grandes eventos históricos de su época. Otro elemento importante es la ruptura de fronteras de género literario. Unamuno hace ficción histórica e historia ficcional antes que se hayan convertido en la actualidad en uno de los caminos preferentes de la novela. Mi libro, Unamuno desde la posmodernidad, estudia estos temas.

Por último, nos gustaría preguntarle sobre una cuestión de actualidad. Con motivo del referéndum independentista del 1 de octubre en Cataluña, además de producirse un intenso debate sobre nacionalismo, otro tema protagonista ha sido el de la imagen de España en el exterior. Así, por ejemplo, Muñoz Molina se quejaba de una visión estereotipada del país (“franquista”, “atrasado”, etc.) en la prensa extranjera, tanto europea como norteamericana, o en algunos de los corresponsales. ¿Qué opinión le merece esta polémica, y qué nos puede decir desde su larga experiencia en Estados Unidos?
Pienso que la estrategia cultural española para el exterior es insuficiente y carece de un foco preciso. Más que una potencia económica y política, España es, sobre todo, una potencia cultural, tanto por su pasado clásico como el moderno y contemporáneo. Calderón, Velázquez, Manuel de Falla, Federico García Lorca y Joan Miró, entre muchos otros, son lo que Pierre Bourdieu caracterizaba como un capital simbólico indiscutido internacionalmente por encima y al margen de las ideologías y los orígenes nacionales. Creo que se debería dar más énfasis a estos aspectos. Otros países europeos con un repositorio cultural menor que el español lo hacen de manera más efectiva. Puesto que menciona mi experiencia en Estados Unidos, un aspecto que en mi opinión debería atenderse más es la importancia de la cultura en español en ese país, cuyas raíces españolas son amplias (un gran pedazo del país formó parte del espacio político español durante siglos). Potenciar los vínculos de la cultura y la intelectualidad española con Estados Unidos es una de las vías a explorar por las instituciones culturales del país. Pienso que la imagen de un país es la que proyectan sus intelectuales y artistas más que sus políticos. El poder del artista y el intelectual no es un poder ejecutivo sino de percepción y de conciencia, un soft power, de penetración lenta y gradual, pero a la larga más efectiva. Por ello puede ser más duradero. La imagen internacional de España no puede quedar definida por los desmanes del periodo franquista y los calamitosos errores ideológicos del país desde Felipe II en adelante. Todos los países tienen componentes y episodios aberrantes y vergonzosos en su historia. Alemania es el caso paradigmático. Se trata de asumirlos, explicarlos y, después de realizar un proceso terapéutico y catártico, potenciar una visión más productiva de la comunidad nacional tanto para el interior como para el exterior. Lo que no creo aconsejable es reemplazar la soberbia y la retórica necias y contraproducentes del pasado con la internalización en el subconsciente colectivo de una autoimagen de inferioridad frente a otras comunidades culturales. Ello nos condenaría a reciclar y repetir episodios fracasados de la inserción del país en el mundo. Una de las finalidades de mi libro, Literatura y nación en el siglo XXI, es avanzar posibles caminos, desde la literatura y la historia intelectual, para esta reasimilación de la historia cultural nacional dentro de unos parámetros más amplios y prometedores.


Los retos de la protección jurídica del patrimonio cultural subacuático. Logros e insuficiencias

retosproteccionEs el título del libro publicado como parte de la colección Cátedra de Historia y Patrimonio Naval, que surge con el objetivo de contribuir a la difusión de trabajos e investigaciones en el contexto de la Historia y el Patrimonio Naval y Marítimo. En él, su autor, Rafael Ruiz Manteca, realiza una aproximación al patrimonio cultural subacuático desde una perspectiva jurídica, con motivo de las novedades normativas de los últimos años, del interés que suscitan en los medios y el público cada poco tiempo noticias relacionadas con el descubrimiento de restos de buques, pero también con la intención de colaborar con los poderes públicos en la recuperación del patrimonio cultural.

Algunos capítulos del libro son “La regulación internacional del patrimonio cultural subacuático”, “Los buques de guerra y de Estado. El problema de la inmunidad de los mismos y de sus pecios desde la perspectiva de la protección del patrimonio cultural subacuático”, “La normativa interna” o “El régimen jurídico del patrimonio cultural subacuático en España”, entre otros.


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